El camino hacia el centro

Recuerdo alguna vez, de muy niño, ir caminando agarrado de la mano de mi abuelo; me llevaba esa mañana, -no recuerdo de qué día ni qué edad tenía-, con algo de impaciencia surcando las fracturadas aceras de las calles y carreras que conducían hacia el centro de la ciudad que me ha protegido, amenazado y todo junto y en consonancia enseñado tanto.

Le pido que descansemos un poco, que tengo sed. -¿Estás cansado?, pero si es aquí mismo, ya casi llegamos, sigamos.- Me insiste sin pensar quizás que por cada paso que él daba yo debía sumar tres o cuatro de los míos para alcanzarle. -¿me regalas una gaseosa? – pregunté. Me miró, luego a su alrededor como buscando a alguien perdido. -ven, ya casi llegamos vamos. – replicó.

Seguimos caminando y en vez de llegar a una tienda, avanzamos lo que en mi mente y mis piernas parecieron kilómetros y kilómetros. Llegamos a una acera concurrida, el pavimento lleno de grietas quedó oculto en medio de muchos carritos alineados uno al lado del otro, llenos de mercancía para vender, libros, cerraduras, revistas, trampas para ratones, destornilladores, pegamento, frutas y otro tanto de cosas inesperadas que en medio del desorden producido por la congestión formaban un gran centro comercial por departamentos, cada carrito en su especialidad. Debido a mi estatura, sólo podía ver las cajas y algo de la mercancía desde una altura de unos 80 cms, por lo que a partir de ese momento el camino se me hizo más corto mientras me entretuve tratando de ver todo lo que ofrecían para la venta.

Finalmente nos detuvimos en una gran plaza, un círculo perfecto de intenso sol deshabitaba el centro y las personas, en su circunferencia se agrupaba en medio de pequeñas sombras proyectadas por árboles de matarratón, ese árbol que huele a varicela. Mi abuelo me presentó ante el grupo al que nos acercamos, -este pelao es mi nieto. -afirmó- y luego se integró al grupo que antes de nosotros llegar ya había encontrado un espacio en las escasas manchas del piso que formaban las sombras.

Habiendo leído muchas historietas y cuentos infantiles, esta reunión de ancianos la anticipé de lo más interesante, tanto que ya había olvidado mi cansancio y me dispuse a escuchar toda la sabiduría que desbordaría de la tertulia que estaba a punto de comenzar.

-¿Qué es de la vida del burro mocho?  -Uh, ese anda más enfermo, quien sabe si ya se murió, le está dando mucho al trago y por andar con la cachaca ya no tiene fuerza en los pies, lo tiene todo tembloroso y seco -pregúntenle cuando lo vean que qué hubo de la enana. -. Toda esa conversación para mi resultaba críptica y ajena a lo que esperaba, creí que hablarían de antiguas leyendas de la ciudad o de tesoros históricos desaparecidos, pero no, sólo era un grupo de personas, hombres y una que otra mujer, cansados por el martilleo implacable de los años contando sus historias cotidianas, contando su cotidianidad esperando mantenerse vivos en la memoria del colectivo. Ahí estuvimos un par de horas, bajo el sol más inclemente de media mañana.

Cuando decidimos regresar, ya todo sudado, sintiendo mis pies adoloridos y un poco aburrido me armé de valor y le pregunté: -pa, (mi abuelo me crió, por lo tanto, para todos los efectos es mi padre), tengo sed y estoy cansado, me duelen los pies-. -araaaaajo pelao, bueno, espérate, más adelante creo que hay una tienda.

Seguimos avanzando, ahora sobre las mismas aceras fracturadas pero dándome cuenta que al principio de la mañana habíamos ido cuesta abajo, hasta que llegamos a una tienda de barrio, de mostradores rayados y desgastados de madera marrón oscura, vitrinas pequeñas dejaban ver algo de la mercancía y el olor a pudines y detergentes revitalizaba el espíritu al entrar. -Doña, me da una… oye pelao, tu qué quieres? te tomas una coca cola? -si papá. -respondí. La señora de la tienda dialogó con mi padre cosas que no quería entender mientras buscaba dónde sentarme. Mi padre me entregó la botella de gaseosa y se quedó de pie delante de mi y en ese momento pude disfrutar de una refrescante y necesitada bebida mientras aprendía una lección que perduraría el resto de mi vida, lo que se hace esperar, se disfruta más.

Volvimos a casa, justo hacia el mediodía, el olor a mondongo que salía de la cacerola ardiendo en los fogones de la cocina invadía la terraza de la casa y nos daba la bienvenida después de una pequeña aventura, en la que conocí el centro de la ciudad, el hábito de los jubilados de mantenerse activos caminando y la esperanza de vivir por siempre en la memoria colectiva de otros. Espero algún día, cuando ya esté entrado en años y no tenga horarios por cumplir, poder caminar por las aceras fracturadas de mi vieja Barranquilla, que recuerdan las arrugas de los mayores como luchas y fragores, amores y decepciones pero sobre todo de marcas que nos enseñan el camino hacia nuestras raíces y también hacia nuestro futuro.

Mi abuelo, se llama Roberto Ruiz, nació y se crió en en barrio abajo de Barranquilla; algo más de historia sobre el origen de mi familia y de muchas otras que forjaron pujantemente el corazón de la ciudad puede leerse en el libro de Andrés Salcedo: “Barrio abajo. El barrio de donde somos todos”, Editorial:La Iguana Ciega,ISBN: 9789584430113, Año de Edición: 2008

Trackbacks & Pings